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Escrito por Epigmenio Ibarra

Jamás lo imaginó el poder. Menos todavía, en su camino de regreso al mismo, lo imaginó el PRI.

Nunca contaron con que los jóvenes, a los que suponían amaestrados o, en el peor de los casos, apáticos, adormilados, “apantallados”, habrían de volverse la fuerza más dinámica en este proceso electoral.

Tan seguros estaban que los jóvenes no alzarían la voz que se atrevió Peña Nieto a ir a la Universidad Iberoamericana. Muy caro pagó su osadía.

Ese momento quebró el impulso, hasta entonces ascendente, de su candidatura. Al ser expulsado de ese recinto universitario dejó Peña Nieto de ser el rival inalcanzable.

Lo que nadie había logrado lo lograron los estudiantes de la Ibero.

Hicieron mella en la armadura mediática del candidato al que muchos daban, hasta entonces, como próximo presidente.

De la tarea de cerrarle el paso se han encargado ahora estudiantes de universidades públicas y privadas que han hecho suyas las calles y que conectan, conscientemente, la movilización y las urnas.

Supuso, el candidato priista, que en esa universidad privada podía moverse a sus anchas.

No supo leer lo sucedido cuando a ese mismo foro acudió López Obrador.

Pensó, con la lógica priista tradicional, que la favorable acogida al tabasqueño era resultado de la manipulación del estudiantado.

Tampoco el PAN y Josefina Vázquez Mota que de jóvenes saben menos y que, en los últimos cinco años, los han utilizado como carne de cañón en su guerra, se imaginaron que, de pronto, este viento alado recorrería las calles de México.

Tan no se lo imaginaban, tan no conocen a los jóvenes que han intentado montarse en el movimiento. Armar, a partir de las redes sociales y con careta “ciudadana” y “apartidista” una operación propagandística de rescate de su candidata.

Creen que los jóvenes se compran la propaganda. Que no leen, que no saben de la complicidad establecida hace más de 12 años entre el PRI y el PAN.

Que no sufren los desastrosos efectos de la política económica de la actual administración. Que no están conscientes de que al dejar las aulas les espera el desempleo y de que, la violencia y la guerra, de continuar el PAN en el poder serán su destino.

No nace este movimiento del trabajo de acercamiento serio y consistente de la izquierda electoral con la juventud, sino más bien es el resultado de un proceso de reflexión y de contagio responsabilidad exclusiva de los propios jóvenes.

Fueron los jóvenes los que midieron a la candidata y a los candidatos. Quienes llegaron a la conclusión de que no podían, de ninguna manera, permitir que los mismos que han saqueado a México durante tantas décadas se instalaran de nuevo en el poder.

Fueron los jóvenes los que se sacudieron el miedo que, desde el poder y hace seis años, ha sembrado Felipe Calderón. Fueron ellos mismos, sin intérpretes ni líderes, quienes se sacudieron años de propaganda gubernamental.

Se liberaron también de los efectos del trabajo de zapa que, contra la política y lo político, hicieron el PAN y los medios de comunicación.

Contaban con excluir a los jóvenes de la elección. Como si elegir a quien habrá de gobernar no fuera asunto de su competencia.

Subestimaron, el poder y la clase política, a los jóvenes. Pensaron que no iban a tomar decisiones, a intervenir en un proceso del cual dependen sus sueños, sus aspiraciones, su propia vida. Creyeron que se iban a dejar llevar de la mano.

Ahora creen que, mediante la intimidación y el engaño, pueden desmontar o gobernar un movimiento que apenas comienza. No saben que el viento no tiene dueño y que los jóvenes tampoco.

¡Que poco los conocen! ¡Que poco los respetan!

Quienes pensaban que la tv tenía el poder de suplantar la voluntad ciudadana se equivocaron. Veían las redes sociales, en función de su cobertura, como un peligro menor. Las desdeñaban como herramienta de organización social considerándolas el imperio de la banalidad. Se equivocaron.

De pronto el tuit agarró calle, el hashtag se hizo consigna, el trend topic multitud y las redes sociales, como el agua, encontraron su camino.

Es temprano para decir adónde vamos, pero es algo nuevo; la esperanza y la vitalidad, la creatividad y la audacia de la juventud se respiran en México.

A Tlatelolco, a la Plaza de las Tres Culturas, a esa plaza ensangrentada y el lunes pasado liberada, llegaron miles de jóvenes a exigir a López Obrador: “No nos falles”.

Nadie, hoy por hoy, puede como López Obrador dar la cara a una multitud como esa.

Jamás Peña Nieto, difícilmente Josefina. Esa plaza les está vedada. A esos jóvenes sus palabras no les dicen nada.

Miles de jóvenes más han hecho suyo Paseo de la Reforma, el Ángel, el Zócalo y comienzan a descubrir, en los estados, que las calles son suyas y que su voz pesa.

¿Qué pasará? Solo los jóvenes lo saben. Fracasan los analistas en su intento por descifrar la entraña de este movimiento. Vuelven los políticos a hablar de manipulación.

Lo cierto es que más soberanos que nunca los jóvenes saben hoy, que en México, nadie será presidente sin sus votos. Nadie seguirá sentado en la silla si les falla.

A mí me queda agradecerles la esperanza recobrada. Escucharlos, seguir sus pasos.
Abrazarlos y decir, con Violeta Parra: “Que vivan los estudiantes”.

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