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Jorge Gómez Barata

Publicación Original en MONCADA

En los años sesenta junto con la experiencia soviética en la construcción del socialismo la Revolución Cubana importó la interpretación de la teoría revolucionaria e introdujo las categorías utilizadas en aquel país. Entre los conceptos adquiridos estaban el de “ideología” y “trabajo ideológico”, transformado luego en “trabajo político ideológico”. Aquella nomenclatura estaba contenida en los documentos del Partido Comunistas de la Unión Soviética.

El hecho de que los jóvenes docentes de entonces al aproximarse a los textos marxistas originales descubrieron que el término ideología adoptado por Lenin y sacralizado por los manuales soviéticos había sido antes rechazado por Marx, que en su obra la Ideología Alemana calificaba a la ideología como una “falsa conciencia” o como un “conocimiento falso”, no tuvo significado alguno porque entonces como ahora, la opinión de la academia tenía en Cuba escasa relevancia.

Ello se debe a la inversión de conceptos resultante del criterio (o la deformación) de que la vanguardia política es omnisciente, tanto que en lugar de orientarse por la teoría como había hecho el movimiento obrero y político en épocas de Marx, la genera. En los países del socialismo real, en vez de atender al juicio de los científicos sociales y de los creadores, el Partido se empeñó en orientarlos y en muchos casos las jerarquías políticas prevalecieron sobre las culturales y las académicas.

Aunque hubo tendencias que apuntaron en esa dirección, en Cuba no se incurrió en los excesos que en la Unión Soviética y otros países llevaron a dictar cánones y pautas a la creación artística y literaria y, debido a que con mente abierta y criterios plurales, Fidel Castro asumió la conducción de la política científica, en esas esferas se ha registrado un impresionante desarrollo, cosa que no ocurre en otras aéreas donde prevalecieron criterios que si alguna vez estuvieron justificados pueden haber sido trascendidos.

En algunos casos se ha incurrido en excesos de politización, en otros se atribuye carácter de clases a fenómenos que no lo poseen y no faltaron momentos en que las ideas se midieron según raseros políticos. Afortunadamente se trata de etapas superadas. Hoy la interdicción política en la moda y los gustos se atenúa, se puede ser pastor y parlamentario a la vez, católico y líder de renombre y alguien que no sea militante del Partido puede ser ministro.

Esas y otras muchas son expresiones de pluralidad y evidencias de las tendencias a la democratización de la sociedad cubana y complemento político de las reformas que se abren paso en la economía y que aunque aun no logran sustituir a anacrónicos conceptos acerca del llamado trabajo político ideológico, para algunos el cometido esencial de las instituciones políticas, educacionales y culturales, son muestra de avances sustantivos.

Aunque en la recién efectuada Conferencia Nacional del Partido aparecieron ideas que apuntaban a una reformulación de las relaciones entre la vanguardia política y la masa, a las cuales no hay sólo que orientar sino con las cuales hay que dialogar, no para indicarles cómo han de actuar sino para escuchar aquello que quieren decir, todavía hay comportamientos que parecen ignorar el medio siglo en el cual se ha forjado la cultura política del pueblo cubano y actúan como si en ese período la sociedad no hubiera crecido, asumiendo que forman parte de un grupo habilitado para decidir lo que deben saber, querer, sentir y poder los demás.

No hace falta rumiar anticuadas tesis y consignas, sino avanzar y enriquecer los valores, afirmar las convicciones, crear y renovar las ideas revolucionarias al mismo ritmo como se renuevan las generaciones. Sin desmentir las esencias que hacen a la Nación, a la Patria y a la Revolución, en muchos sentidos los cubanos de hoy piensan y actúan de modo diferente a como lo hicieron sus mayores, entre otras cosas porque son otros.

En 1962 Fidel Castro criticó una tonada que conminaba a quienes no eran socialistas a tomar purgante y denunció el sectarismo que mutiló el testamento político de Jose Antonio Echeverría para omitir la invocación a Dios y el presidente Raúl Castro da una tenaz batalla contra los dogmas y los criterios estrechos.

Sobre la base de las mismas convicciones pueden sostenerse opiniones diferentes y el único elemento homogenizador válido es el consenso que se forma a partir de la confrontación y la socialización del conocimiento en lo cual la prensa debiera desempeñar un papel importante. Pensar diferente es un derecho y un aporte potencial que debe encontrar espacio en los medios de difusión masiva que son sociales. Allá nos vemos.

La Habana, 22 de mayo de 2012

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